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Muros y silencios: historias olvidadas PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Ivonne Velasco y Claudia Barona   
Miércoles 30 de Septiembre de 2009 18:34
Pasamos la vida levantando muros que nos protejan sin saber si tememos al exterior o a nosotros mismos. Hemos empleado toda clase de elementos y formas: resentimiento, arrogancia, castigo, incomprensión, maldad, ignorancia; muros de cemento, silencio, arena, alambrado, virtuales. Sin importar si lo levantamos nosotros o hacemos que otros lo hagan, la finalidad es siempre la misma: encerrarnos.
Muros, esos que define Andrés Ortega como las “obras levantadas a lo largo de varios siglos; procesos históricos, más que acontecimientos puntuales [que] servían para marcar diferencias”.1 La idea de aislar dos espacios físicos, con base en el concepto de territorialidad, no es una idea nueva, sino una constante a través de los siglos. Los encontramos en Babilonia y en los textos sagrados como las murallas de Jericó, derribadas por los hebreos al ritmo de sus trompetas;2 la Muralla China, construida para proteger el imperio de los ataques de los nómadas Xiongnu de Mongolia y Manchuria;3 el Muro de Adriano, construido para resguardarse de las incursiones caledonias, son ejemplos de los tiempos antiguos.
Encontramos muros y más muros en la historia. Pasamos la vida encerrándonos y protegiéndonos sin saber a ciencia cierta de qué. Sin embargo, la historia está en constante evolución; los actores y los enemigos cambian y las medidas para detenerlos también. Así, a partir de los cambios que provoca la Segunda Guerra Mundial y el nacimiento de un nuevo orden mundial, se abren las puertas para que los muros evolucionen y se sofistiquen, aprovechando la globalización. El ejemplo más claro es el Muro de Berlín.


Nuevas murallas

En la última mitad del siglo XX la construcción de muros cambió de propósito y dimensiones. Ahora hablamos de murallas internacionales que cumplen objetivos derivados de los conflictos de integración e interrelación mundiales.
Hoy se habla de muros o alambradas entre España y África para detener a los inmigrantes ilegales que buscan una vida mejor; de fronteras militarmente resguardadas que defienden el territorio; espacios geográficos naturales como el mar Mediterráneo o el desierto de Altar, que el ser humano ha convertido en barreras acordes con las exigencias del orden económico mundial o regional.

Los Estados han maximizado el uso de muros, naturales o artificiales, legales o ilegales. Todo resulta válido cuando se trata de mantener la ilusión de seguridad, que va acompañada de ignorancia, parálisis, seccionamiento y destrucción de las relaciones y de la cooperación entre naciones e individuos.
Los ejemplos contemporáneos son muchos; como denominador común todos usan (o abusan) de la justificación de la seguridad nacional. Entre ellos está el muro erigido por Estados Unidos en la frontera con México; el que Marruecos construyó en el Sahara Occidental; el Muro de Cisjordania que separa a judíos y palestinos; el Paralelo 38 en la península de Corea… La especificidad de cada uno implica intereses como invasión encubierta, delimitación de territorio, apertura de puertas para la globalización e incluso un filtro para trabajadores ilegales.


Utilidad de los muros

Un muro destinado a un propósito específico y bajo el control adecuado puede resultar funcional, como lo dijeron las potencias cuando se construyó el Muro de Berlín. Sin embargo, olvidamos valorar los costos de dicha funcionalidad (si es que existe) tanto en el contexto internacional como local, en lo económico, político, cultural e, incluso, psicológico.
Con esta creencia han actuado muchos Estados en los últimos años. Así, para defenderse de ataques “terroristas” a Israel se le permite construir un muro de más de 700 kilómetros de los cuales ya están edificados más de la mitad. Las consecuencias son segregación racial, división de familias y ciudades, odio entre naciones y un incremento sustentado y sustentable en la violencia. A lo que debemos sumar el crecimiento de la ignorancia: los pueblos ya no se conocen, se suponen, se temen.4
El caso palestino es de los más conocidos y de los más olvidados. Han pasado más de 60 años desde que se fundó el Estado de Israel y hemos dejado de observar las consecuencias sobre la población de Palestina e Israel. El genocidio de Gaza es un claro ejemplo de estos muros de ignorancia y olvido.  
Lo mismo sucede en el Paralelo 38 que divide a ambas Coreas. Instaurado por potencias externas para evitar una “guerra” entre estadounidenses y soviéticos, lo único que provocó fue una larga y sangrienta guerra que terminó en diferencias irreconciliables y amenazas nucleares, además de un desigual desarrollo económico entre ambos Estados, sin mencionar la separación de familias y el consiguiente odio.
Otro ejemplo del uso “funcional” es el de la frontera entre México y Estados Unidos que ha sido aprovechada como filtro laboral, pues con los más de mil kilómetros que se planean construir para evitar los flujos migratorios ilegales de mexicanos que buscan el “sueño americano”, se ha logrado convertir en una suerte de selección natural. Dada la ubicación del “muro”, los inmigrantes se ven forzados a cruzar por el desierto de Altar, para lo que se necesita gran fortaleza física, convirtiéndose en una experiencia que no se desea repetir una vez llegado al destino final. El resultado es un trabajador dócil dispuesto a que se violenten sus derechos y preparado para cualquier trabajo, justo lo que requiere el mercado anglosajón.


Más obstáculos

Cerremos nuestra disertación hablando de aquellos casos poco mediáticos pero que no dejan de ser críticos, como el muro impuesto por Marruecos en el Sahara Occidental, que ha dividido al pueblo saharaui desde hace más de treinta años y ha coartado su derecho a la autodeterminación.  
Los intereses de Marruecos y Francia lograron que el caso se llevara al Tribunal Internacional de La Haya, el cual resolvió que “no se establece la existencia de vínculo alguno de soberanía entre el Sahara Occidental y Marruecos”. Haciendo oídos sordos a dicha sentencia, Marruecos invadió el territorio y la mayoría del pueblo del Sahara, aproximadamente un millón de habitantes, fue forzado a huir a la Hamada argelina y hoy, treinta años después, siguen exiliados, mientras quienes no lograron escapar permanecen a la espera y resistiendo en las zonas ocupadas, en el interior del muro.
Actualmente, Marruecos gasta alrededor de un millón de dólares diarios para mantener un muro sesenta veces mayor al Muro de Berlín, minado de punta a punta, con la intención de apoderarse del territorio y de los recursos naturales, mientras su propia gente muere en el Mediterráneo tratando de cruzar a Europa. Al mismo tiempo, la República Árabe Saharaui Democrática lucha internacionalmente por el reconocimiento de su derecho a ejercer la autodeterminación y su independencia, mientras se enfrenta a la dura prueba de ser un pueblo dividido artificialmente, de familias enteras con más de treinta años sin verse o reconocerse.
A este muro podemos sumar otros que han pasado inadvertidos: Ceuta y Melilla evitados por Europa, entre el Chipre turco y el Chipre griego, el muro de Cachemira entre India y Pakistán, aparte del que se encuentra entre India y Bangladesh; otro entre Bostwana y Zimbabwe, la barrera que se construye entre Emiratos Árabes y Omán, el que se pretende edificar en Irak para dividir a sunnitas y chiítas, el que separa a Irak de Kuwait, el proyecto para escindir a Arabia Saudí de Yemen, uno más entre Kirguistán y Uzbekistán, entre Malasia y Tailandia, el muro del Puerto de Rotterdam en Holanda y la llamada Línea de la Paz entre católicos y protestantes de Belfast en Irlanda del Norte…

Se pensaba que la caída del Muro de Berlín había sido el cierre de un ciclo histórico donde construir tapias entre territorios era la manera más viable de simular la seguridad, sin importar las pérdidas de diversa índole. Sin embargo, los “nuevos muros” se perfilan como provocadores de más muertes e ignominia. En 28 años de existencia del Muro de Berlín murieron 270 personas; con los nuevos diques alambrados, minados, electrificados y militarizados que existen en 27 países ha muerto un mayor número de personas.
Los muros no son la solución: separan y encarcelan, oprimen y aíslan. Un país que levanta un muro está diciendo que no quiere saber nada de nadie y enuncia su indisposición al diálogo y a la cooperación. No se puede ser dueño de la Tierra y de las personas, ni del cielo, del frescor del aire o del brillo del agua.5 Hoy, “los muros […] son un reflejo del miedo de los pueblos y una forma de hacer geografía que fomenta la violencia” (Yves Lacoste).
Debe ser con puentes como se construya la nueva sociedad mundial, donde la cooperación y los beneficios sean entre todos; una sociedad más humana y solidaria. ¿Por qué los ojos se niegan a ver lo que rompe los ojos? ¿Por qué no permitir que las familias se reencuentren? ¿De qué realmente nos escondemos?

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1 Andrés Ortega, “Los muros de la globalización”, Foreign Policy, edición española, núm. 13, febrero-marzo, 2006.
2 Josué 5, 13. Tomaron por asalto la ciudad y masacraron a sus habitantes. Se observa la lucha entre un pueblo sedentario, agricultor y ganadero que es tomado por asalto por un grupo de pastores nómadas en busca de otro sistema de vida.
3 Estructura de más de 6 mil kilómetros que se levantó desde el siglo V a.C. y que duró hasta el siglo XVI. Con la extensión de la muralla se podría unir Madrid con Moscú. Si sus ladrillos se pusieran en línea sobraría para darle la vuelta a la Tierra. Un dato curioso es que el principal propósito del muro no era impedir que fuera atravesado, sino que los invasores no trajeran a la caballería consigo.
4 Edgard Said, “El choque de ignorancias”, El País, 16 de octubre de 2001.
5 De la carta del Jefe Seattle de la tribu Suwamish al presidente Franklin Pierce, 1855.


Última actualización el Jueves 01 de Octubre de 2009 18:16
 
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